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Ya está aquí el Dejá Vu de otoño. Este amanecer lo he vivido infinitas veces y está poblado por mil y un fantasmas que te hablan al oído. Ninguna época del año tiene días tan embrujados como octubre y noviembre. Es como si el entorno entero estuviera infestado de espectros aferrados a mandar mensajes y jurarte que el Mito del Eterno Retorno existe. La sensación es omnipresente: este aire y esta luz son de otro día que transcurrió años atrás. En otoño suelen irrumpir como si nada las vueltas de tuerca y los radicales cambios en la dirección del viento. En Baja California brillan por su ausencia las hojas secas pintado de rojo los caminos, pero a cambio tenemos un cielo de petulante desnudez y atardeceres cómplices de las lunas más redondas.