Practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes
Tiempos hubo en que tuvimos una relación mucho más pasional con nuestro mar y el tijuanero Malecón formaba parte de nuestra vida cotidiana. En los primeros años del milenio los atardeceres solían irrumpir tundiendo la rocola del Terrazas Vallarta entre un inacabable desfile de chelitas mientras veíamos a gaviotas y delfines cruzar sin pasaporte la frontera y a los conjuntos norteños arrastrar sus botas de cáscara de piña entre la arena mojada. Fue en 2003 cuando Javier Cercas visitó esta continental esquina y se refirió a ella como la playa más triste del mundo. Por aquellos años yo aún solía meterme mucho a desafiar las gélidas olas y daba largas caminatas desde la barda fronteriza hasta la playa el Vigía, donde había una furtiva y oculta lonchería. Tenemos la fortuna de mirar el Pacífico todos los días de nuestra vida y les juro que nunca ha dejado de emocionarnos e inspirarnos, pero la esquina noroeste ha dejado de formar parte de nuestro paisaje. El domingo Carol y yo fuimos a dar un paseo a lo que alguna vez fue un malecón y hoy es una ruina o un vestigio de algo que nunca alcanzó a ser. Cierto, nuestra playa ha sido siempre esencialmente ruinosa, pero creo que la de hoy es su peor versión histórica, como un campo de batalla en armisticio tras un bombradeo o una masacre. El diálogo de sordos entre la Profepa y el Ayuntamiento ha dado como resultado una zona típicamente tijuaneada que pese a todo sigue siendo nuestra postal por antonomasia. Son miles los visitantes que vienen a tomarse fotos a esta esquina continental.


