¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras
La
muerte no siempre es la gran demócrata que a todos nos iguala. También en la
hora final hay contrastes. ¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil
maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras. Por
separado llegan a mí dos ejemplares de Seix Barral que tratan sobre la muerte
de dos tremendos genios de las letras universales: Lev Tolstói y Franz Kafka.
Casi nada.
De la
muerte de Kafka a los 40 años de edad, víctima de una tuberculosis laríngea, no
se enteró nadie y a nivel mediático pasó absolutamente desapercibida. En
cambio, la muerte de Tolstói, a los 82 años de edad, fue noticia mundial, paró
prensas y generó una cobertura periodística sin precedente.
Del libro
Kafka no quiere morir de Laurent Seksik ya hablé brevemente en otro post. Es
una novela a tres voces que retrata los días finales de Franz Kafka en el
sanatorio de Kierling a las afueras de Viena. En realidad hizo falta poquísimo
para que Kafka fuera inexistente en la historia de la literatura universal. Lo
obvio habría sido que ni tú ni yo supiéramos un carajo de él a cien años de su
muerte. De no ser por Max Brod, hoy Franz sería una brizna de polvo, una ficha
bibliográfica para eruditos en la cultura praguense de principios del Siglo XX.
¿Cuántos kafkas ha habido en este mundo de los que nunca tuvimos noticia? Debe
haber varios.
Sin
embargo, el texto que me parece más sorprendente e innovador es Tolstói ha
muerto, del franco-ruso Vladimir Pozner. Un libro bastante atípico que sin duda
habría gustado mucho a Federico Campbell, pues el telégrafo juega un rol
fundamental en su construcción.
Tolstói
ha muerto es esencialmente un gran reportaje y yo no dudaría en recomendárselo
a estudiantes de periodismo. Pozner
reconstruye los últimos días de vida de Lev Nikoláyevich Tolstói en la estación
de Astapovo. Para ello se da a la tarea de recopilar decenas de telegramas e
informes policiales. En noviembre de 1910, Tolstói sale furtivamente de Yasnaia
Poliana acompañado de su hija Alexandra. Con nombres falsos viajan en un vagón
de segunda clase, pero el escritor cae gravemente enfermo durante el trayecto y
se ve obligado a bajar del tren en la estación de la pequeñísima aldea de
Astapovo en donde el guardagujas lo hospeda en su pequeña casita de madera a un
costado de las vías. Tolstói trata de pasar desapercibido, pero en pocas horas
toda Rusia sabe ya que está agonizando en ese recóndito rincón rural. La agonía
de Tolstói es una noticia de alcance mundial. Hay que entender que a Tolstói lo
leía por igual el Zar Nicolás que Lenin. Además, su condición de excomulgado de
la Iglesia Ortodoxa y su rol como líder moral de los Tolstoianos, una creciente
cofradía de anarquistas cristianos que promovía el rechazo al estado y las
instituciones desde una posición pacifista, lo convertía en un sujeto de
interés para la policía secreta zarista.
Más
allá de lo interesante que resulta el tema central, lo verdaderamente sui
generis de Tolstói ha muerto es que la forma en que retrata cómo fue la
cobertura periodística de una noticia de interés mundial en 1910. De esa manera
dimensionamos el rol fundamental e insustituible que jugaba el telégrafo para
la labor periodística. También nos damos cuenta de que en la Rusia zarista ya
había una encarnizada competencia entre periodistas por ganar la noticia. A
Astapovo llegaron colegas reporteros de La Palabra Rusa, La Gaceta, La Voz de
Moscú y Tiempo Nuevo, cada uno haciendo hasta lo imposible por escribir algo
novedoso que no hubieran dicho los demás. Hoy habría sido una guerra de twits,
pero en 1910 ganaba el que enviaba el telegrama más rápido. Nunca antes ni
después hubo tantos reporteros, policías y curiosos concentrados en Astapovo; nunca
antes ni después se utilizó tanto la Clave Morse en aquella recóndita estación
y nunca antes ni después se bebió tanto en la solitaria cantina del pueblo.
Ricardo
Menéndez Salmón afirma en su blog que la casita de madera en donde agonizaba
Tolstói era el equivalente al establo de Belén donde nació Jesucristo. Cientos
de personas se congregaron alrededor de un humildísimo tejabán en una perdida
estación de villorrio para ver morir al mayor escritor de su tiempo, que para algunos
era también una suerte de Mesías.


