Al final la bomba nos dejó esperando (redes duermevelebryas)
No pude pepenar juego de Peñarol pero sí uno de Nacional, un dominguito por
la tarde en aquel furtivo y marginal Montevideo de rascuaches trenes suburbanos
en donde consultaba una guía y preguntaba a transeúntes, solo para reparar en
que la información en torno al juego era difusa y que los vagones desembocaban
en inciertas estaciones. No recuerdo bien, para ser sincero si las calles y
trenes motevideanos olían a petate pacheco.
La escalera del Obispado ¿o era acaso el elevador? La calle cuesta arriba y
curveada, la cantera de los muros y las casas. La Obispado, el ascenso, los muros de cantera, cierta
curva, cierta pendiente, un camino extraño y vedado, el presagio de algo más en
las alturas, todo para arribar al final a una cabina de radio pobre estilo
Imer. De la Obispado descendió el viejo Galaxy rumbo a las bocas de los fusiles
guerrilleros.
Dinamitar el tren, más dudas que certezas. ¿Por qué dinamitarlo? Alguna
hijaeputez había hecho esa locomotora. ¿Por qué inmolarse en plan de terrorista
suicida? Aguardaba, sobre todo, la sordera que dejaría por herencia la
explosión, el santísimo putazo, el metamorfosear en pedazo de carbón, pero el
tren pasaba de largo y a mí solo me quedaba la urgencia de poner pies en
polvorosa, de amontonar metros y metros de distancia entre la vía y mi cuerpo,
porque la explosión como quiera se produciría pero yo sería la única víctima
mientras el tren correría sano y salvo. Al final la bomba nos dejó esperando.
