la mentada voz narrativa es una arena movediza de la que no me es dado escapar
No sé si algún día encontré mi voz narrativa. Yo creo que sí, porque de un
tiempo para acá todo lo que escribo me suena odiosamente igual, lo cual no es
desde luego una buena noticia. Redundo en las mismas expresiones, los mismos
temas y entornos con personajes repetitivos, cortados siempre con la misma
tijera.
A veces quisiera ya no ser yo, pero la mentada voz narrativa es una arena
movediza de la que no me es dado escapar. Trato de hacer algo distinto pero
todo me suena odiosamente familiar. Quisiera disfrazarme de otro escritor y
escribir como acaso nunca escribiría,
pero mis redundancias me delatan. Si escribir es ser otro, entonces me
enfundaré en algo más que un seudónimo y viviré la heteronimia como un auténtico esquizofrénico. Me enfundaré en
la piel de un escritor que no le teme al ridículo ni al cliché a la hora de
crear una oscurísima novela sobre satanismo, magia negra y aquelarres urbanos
en la periferia marginal, pero también seré un soez e impúdico pornógrafo dando
rienda suelta a una orgía barebacking o un exquisito vilamatiano dedicado a
escribir literatura sobre literatura, novelas en clave que solo un lector de
literatura culta podría entender, un escritor para escritores
Seré una mujer retacada de vino y psicotrópicos como Ámber Aravena, una
trabajadora de sala de masaje como Ipanema Dávila, una inocente cuentista
primeriza como Lluvia Salguero. Seré
todo eso y más, un travesti narrativo, un mil máscaras prosísticas, un
multipolar derramador de palabrería. Algún día diré “pero hoy ya no soy yo”
pero por ahora sigo anclado al único jodido escritor que he podido ser,
chapoteando en el fango de frases hechas y odiosas manías. Soy el que soy. La
pinche otredad escritural me ha dejado plantado como novia de rancho.
un Jekyll y Hyde escritural


