En ese primer cuaderno
En ese primer cuaderno narraste la muerte
de tu abuela Emilia; tu expulsión del Liceo Anglo Francés de Monterrey por mala
conducta; la fiebre futbolera de 1986; tu primer orgasmo (aunque no entraste en
detalles); el nacimiento de tu hermana Elisa; tu caída en el tutelar para
menores por robar en un Súper 7; tu forzada mudanza a la Ciudad de México por
el trabajo de tu padre adoptivo; tus primeros escarceos con la chilanga banda; las
madrizas, vagancias y tu primer toque de mota; tu primera compulsiva escritura a
bordo de un avión al iniciar un idílico
auto exilio de meses a paisajes de ensueño en Colorado y Wyoming; tu entrada a una prepa
hostil infestada de juniors malcriados; tu improbable desquinte en el verano
del 89 con una tabasqueña a la que conociste en una callejoneada de
Guanajuato; el
nacimiento de tu hermano Adrián en los días en que el muro de Berlín acababa de
caer; la fiebre del Mundial 90 que te sorprendió inmerso en martirizantes
exámenes extraordinarios; tu primer tatuaje y todo lo que cabe en una vida de
los 10 a los 16 años. Tu diario comenzado en 1984 tuvo su punto final en la
Navidad de 1990. En las últimas páginas hacías una letra microscópica, pues
deseabas que el cuaderno concluyera al acabar el año. Empacaste un sexenio de
vida en unas 200 páginas, pero justo es aclarar que aunado a tu letra pequeñísima, los textos de aquel entonces no
eran tan largos y tampoco tan constantes. A veces llegabas a pasar semanas sin
escribir, sobre todo en los primeros dos
años del diario, pero con el correr del tiempo la escritura se fue tornando
compulsión. Vivir implicaba necesariamente narrar la vida.


