La sociedad de los poetas muertos
Signo de nuestro tiempo o acaso de la edad de quienes integran nuestros círculos profesionales, pero las muertes repentinas poco a poco se van volviendo ritual de lo habitual. Una tarde cualquiera curioseas en tu teléfono y de pronto, como si tal cosa, ahí está en blanco y negro la foto de un contacto con su moño oscuro. Horas después empiezan a aparecer las condolencias y los testimonios: yo lo conocí, tengo todos sus libros dedicados, gran escritor, amoroso padre de familia, apenas la semana pasada tuvimos una mesa redonda en Zoom, recién ayer platicamos por Whatts…
No lo
sé, pero tengo la sensación de que últimamente escribo muchos obituarios En los
últimos tres meses se han muerto cuatro poetas a quienes conocí y
traté. La argentina Mónica Maristain y el tijuanense Eduardo
Hurado murieron con unas horas de diferencia el pasado mes de diciembre. Mónica
me entrevistó varias veces y me publicó no pocos textos en su página Maremoto
Maristain. A Eduardo Hurtado lo tuve como jurado en un premio estatal que gané
con el libro Furtividad bajo palabra y nos tocó coincidir en no pocas
presentaciones y eventos. Hace un mes murió Miguel “El Oso” Manríquez, un inmenso
poeta sonorense con quien alguna vez compartí un viaje de ida y vuelta de
Hermosillo a Obregón, mismo que aún recuerdo por lo ameno de su charla. Desde
entonces nos hicimos amigos y hablábamos mucho a la distancia. Esta mañana
murió Rael Salvador, el caudillo cultural ensenadense que con pura terquedad y entusiasmo mantuvo
vivo el suplemento cultural Palabra del periódico El Vigía, donde publiqué regularmente
desde 2014 a la fecha. De pronto, tengo una fatal conciencia de la inminencia de la muerte. Voy a cumplir 52 años y debo
decir que me siento mucho mejor que en el 2025. He bajado mucho de peso, hago ejercicio
todos los días y me siento con energía como para durar y dar lata en este mundo
otro buen rato, pero sé que un día cualquiera, un contacto echará
una mirada distraída a las redes y de pronto aparecerá mi foto con su moño
negro, tal vez alguna esquela y al cabo de un par de días, el manto del olvido
absoluto que seré. Me siento bien, pero sé que tampoco puede faltar demasiado para mi turno.
En cualquier caso estoy mucho más cerca del día de mi muerte que del de mi
nacimiento.


