Alephsónico
Si alguien me lo hubiera dicho en
1991 me habría parecido un sueño de ciencia ficción salvaje para un melómano:
llegará un día en que cargarás el equivalente a mil sucursales de la Tower Récords
en un telefonito. Navegar por la vida diaria teniendo a tu disposición las 110 millones de canciones en calidad HiFi
que te ofrece Tidal podría parecer a priori un paraíso para quienes amamos
explorar música nueva, pero hoy que lo vivo descubro lo mucho que extraño la antigüedad.
Yo no sé si a ustedes les pase lo
mismo colegas, pero pese a que todos los días descubro propuestas musicales muy
interesantes, me es imposible establecer relaciones duraderas, pasionales e
intensas con algún disco o alguna banda nueva.
Soy y he sido un melómano
incurable desde la preadolescencia. Escucho música todos los días y a toda
hora: mientras hago ejercicio, mientras manejo, mientras trabajo, mientras
paseo al Pappo
Todas las semanas descubro una o
varias bandas nuevas y muy a menudo encuentro cosas que me gustan, pero el
problema es que las olvido a la media hora. Música muy creativa, de buena
calidad, excelentemente producida, pero con la cual me es imposible establecer un
romance.
Y claaaaro, es aquí cuando podría
brotar la insoportable perorata de viejo nostálgico: es que en mis tiempos sí había
buena música, es que antes las bandas sí tocaban de a deveras, es que hoy hacen
puro mugrero artificial, bla,bla, bla.
Yo creo que hoy como ayer hay
buena y mala música, pero la relación que establecíamos en el pasado con
determinado disco o determinada banda, era mucho más profunda. Las
circunstancias provocaban que uno le dedicara muchísimo tiempo a un solo disco
e irremediablemente acababas aprendiéndotelo de memoria y enamorándote de él
Vaya, a mis 15 años de edad yo
tenía clarísimo cuántos discos y casetes había en mi inventario, incluidos los
grabados. Si prestaba o perdía uno inmediatamente lo echaba en falta. Comprar
un disco era todo un acontecimiento y una vez que lo tenías lo escuchabas una y
otra vez. Hay discos que descubrí a finales de los ochenta o principios de los
noventa. Los escuché entonces cientos o miles de veces y a la fecha los sigo
escuchando casi cuatro décadas después. Pero en esa época, un álbum tenía un
peso específico y jugaba un rol clave en tu vida. Para empezar ocupaba un espacio
físico. Cuando viajaba, tenía que elegir cuáles eran los cinco o seis casetes
que me acompañarían con el Walkman, pues no había espacio para todos, así que
con esos cinco o seis casetes te pasabas varias semanas o meses hasta que la
cinta se enredaba. Incluso a principios del milenio, en la era de los iPods, el
inventario era limitado, con todo y que eran miles de canciones.
Hoy, Tidal o Spotify son el
equivalente a cargar el Aleph de Borges a cualquier lugar. Son el Todo en materia
musical. Lo que se te venga en gana lo puedes escuchar aquí y ahora. Y tal como
en El Aleph o en Funes el memorioso, el olvido acaba por sentar sus reales. “Nuestra
mente es porosa para el olvido” dice Georgie. Es imposible sostener el Todo en
una red neuronal.
Aclaro que en materia musical mi Aleph se reduce al Rock o más
específicamente al Metal y sus múltiples derivados, pero este universo es
vastísimo, rayano en lo infinito y no deja de sorprenderme como este submundo
tiene cientos de nuevas propuestas. Bandas de Post Metal Core Progresivo, Black
Metal Atmosférico, Avant-garde Post- regresivo, Retro Sludge Sinfónico, PreJarcor
melódico JazzMetal etc, etc, etc. Que si Spiritbox, que si Sleep Token, que si Agriculture,
Architects, Erra, Slaughter to Prevail, Imperial Triumphant, etc, etc, etc. Los
escucho, algunos los desecho al instante, pero otros me parecen interesantes,
curiositos, divertidos y me prometo ponerles más atención, pero a los 20
minutos los olvido.
Hay propuestas que me gustan bastante como HellRipper,
Blackbraid, Blood Incantation, Crypta, pero apenas les dedico el 1% de la
atención que dediqué (y sigo dedicando) a Sabbath o a Motorhead. Los monstruos
sagrados siguen sacando nuevo material discográfico y algunos son muy buenos.
Anoche, por ejemplo, me puse a escuchar
entero el nuevo disco de Kreator, Krushers
of the World, y mi conclusión es que
está chingón, es un discazo, pero sé que no le dedicaré el tiempo que en su
momento dediqué a Coma of Souls o Extreme Aggresion. Hoy en la mañana desayuné
con la nueva rola de Immolation, The Adversary, pero sé que la olvidaré.
Vaya, me aterra derme cuenta que a todos los discos que Iron
Maiden ha sacado en el Siglo XXI, desde Brave New World a Senjutsu, no les he
dedicado ni el 10% de la atención que dediqué (y dedico) a Number of the Beast,
Piece of Mind y Powerslave


