Eterno Retorno

Tuesday, May 03, 2011



Bin Laden y la ausencia del trofeo de caza

Para el ego y la legitimación de todo cazador que se dé a respetar, lo más importante es mostrar al mundo su trofeo de caza. El cazador puede retornar cargado de anécdotas de su expedición al África y jurar, a quien quiera escucharlo, que en fantástica persecución dio alcance a un codiciado leopardo negro, pero mientras el cazador no presuma orgulloso la cabeza o la piel de su presa, para los malpensados, que son miles, siempre habrá lugar a dudas. En semanas recientes he escrito y reflexionado en torno al uso político de los cadáveres a lo largo de la Historia. En los dos últimos números de El Informador, hemos hablado de los cadáveres como herramientas necesarias para escarmentar o legitimar políticamente. Confieso que ya pensaba cambiar de tema, pero las circunstancias que rodearon la captura del líder de Al Qaeda Osama Bin Laden me han hecho dar una vuelta más a la tuerca del uso mediático del cuerpo muerto del enemigo. La figura y el papel del enemigo público más buscado por la justicia es ancestral. Las “buenas conciencias” del mundo siempre han tenido un gran demonio como destinatario de sus odios, pavores e inseguridades, un maligno adversario capaz de provocar pesadillas y mantener bajo amenaza la seguridad e integridad de los “buenos” de la película. El bandolero de la comarca, el violador, el asesino, el guerrillero, el malo, el villano, el coco. En el año 71 A.C. Espartaco, el esclavo insumiso, era el gran demonio de Roma. Los esclavos rebeldes capturados tras la batalla final, fueron crucificados públicamente, pero hubo un detalle que molestó e inquietó a Roma durante mucho tiempo: el cadáver de Espartaco, que todos los patricios deseaban ver, jamás apareció. Mostrar a las masas el cadáver del enemigo es un momento tan apoteósico y cargado de simbología como lo es para un equipo levantar la copa. En la Nueva España de 1810, Miguel Hidalgo hacía perder el sueño a los ricos mineros y comerciantes peninsulares y por obvias razones, ni el virrey Venegas ni el sanguinario Calleja iban a conformarse con presumir la noticia de su fusilamiento. El cadáver del enemigo es un tesoro político con una increíble rentabilidad a la que hay que sacar todo el jugo posible. Los realistas no se conformaron con mostrar una vez los cadáveres de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, sino que colgaron sus cabezas en la Alhóndiga de Granaditas durante una década entera para que todo mundo pudiera verlas. De esta manera, los acaudalados guanajuatenses podían dormir tranquilos al ver que sus enemigos estaban “bien” muertos. Los ejemplos de cadáveres-trofeo a lo largo de la Historia son muchísimos. Tomarse la foto con el cuerpo del enemigo como un cazador se retrata con la cornamenta del venado recién abatido fue la costumbre en el Siglo XX. Tal vez el máximo ejemplo es el de los felices soldados bolivianos que posaron para la cámara junto al cadáver de Ernesto “Che” Guevara o los subordinados de Acosta Chaparro y Nassar Haro que se retrataron con el cadáver de Lucio Cabañas. Cuando la muerte era por ejecución y no en el campo de batalla, el fusilamiento o el ahorcamiento se convertían en un acto público. El momento en que se quitaba la vida al enemigo siempre fue el espectáculo teatral más demandado. Los revolucionarios franceses enseñaban al pueblo las cabezas recién guillotinadas de los nobles para que no hubiera lugar dudas. Aún así, con todo y la presentación del cadáver del enemigo en “rueda de prensa”, siempre hay un lugar para la leyenda. El cuerpo de Emiliano Zapata fue mostrado y fotografiado en el centro de Cuautla el 10 de abril de 1919 y pese a ello a la fecha hay quien asegura que el Caudillo del Sur no murió en Chinameca y que el cuerpo era el de un impostor, pues le faltaba cierto lunar y cierta cicatriz. La imagen del enemigo con una bala en la cabeza o con la marca del la soga al cuello es un símbolo de victoria, poder y humillación. Mussolini y su amante fueron colgados como reses para beneplácito de los antifascistas italianos que se dieron gusto vejando sus cuerpos. Hitler sabía muy bien el destino que correría su cadáver de caer en las manos de los soviéticos y por ello su última orden fue la de convertir en cenizas su cuerpo y el de Eva Braun. La posteridad habla por sí sola: nadie duda que Mussolini murió y en cambio sobran leyendas sobre un Hitler sobreviviente y oculto en Sudamérica. Alguien ha dicho que desde el final de Hitler en 1945, no había tal júbilo mundial al recibir la noticia de una muerte como ocurrió esta semana con Osama Bin Laden. Pues bien, la caprichosa historia ha tejido sus hilos y generado varias incómodas coincidencias entre la muerte del jerarca nazi y el líder de Al Qaeda. Hitler se suicidó el 30 de abril, pero la noticia de su muerte se conoció hasta el 1 de mayo, fecha en que 66 años después el mundo celebró el asesinato del terrorista saudí. El Mito del Eterno Retorno es un artista. Hay una fotografía de masas eufóricas en Times Square celebrando el 1 de mayo del 45 la muerte de Hitler de la misma forma que un 1 de mayo de 2011 celebrarían en el mismo sitio la muerte de Bin Laden. El Eterno Retorno es caprichoso y la Historia una maestra con pésimos alumnos. La no aparición del cadáver de Hitler fue tierra fértil para que brotaran como hongos teorías de fuga y supervivencia. Estados Unidos tenía el cadáver de Bin Laden, pero decidió arrojarlo al mar. ¿Por qué? ¿Quién pudo tomar una decisión tan absurda? Supongo que hay una razón de muchísimo peso que sin duda no alcanzo a comprender, pero lo de no mostrar el cadáver del terrorista me parece, desde mi ignorante posición de espectador, un error político monumental, una puerta abierta a mil y un teorías de conspiración. Un cadáver no mostrado se convierte en un fantasma incómodo, un espectro terco y molestón que produce noches de insomnio y alucinaciones de duermevela. Por la salud mental de Occidente, el cazador debe mostrar su trofeo de caza.