Eterno Retorno

Friday, July 19, 2024

200 años del parricido del Rey Criollo

 

 


Fue el caudillo whitexican por excelencia, el auténtico rey criollo y hace exactamente 200 años lo llenaron de plomo en un paredón de Padilla, Tamaulipas. Yo sé que a la historia oficial se le retuercen las tripas e improvisan mil y una maromas  para negarle su lugar, pero queramos o no y por incómodo que resulte, el consumador de la Independencia de México se llama Agustín de Iturbide. Tal vez si quisiéramos colocar a Iturbide en el contexto actual sería una especie de Samuel García abanderando al Movimiento Ciudadano con afanes de reyecito pedante.  Odioso, de acuerdo, fifí hasta la médula, pero si queremos otorgar a alguien el título de Padre de la Patria, le corresponde con muchos más méritos a Iturbide que al malogrado y fallido Miguel Hidalgo. Hiere aceptarlo, pero la Independencia la firmaron las élites, no las masas. Fue en el templo fifí de La Profesa y no en la humilde parroquia de Dolores donde se cortó la cadena umbilical que nos mantenía unidos a la Corona Española.

Que como jefe realista don Agustín llegó a ser un desalmado hijo de su putísima madre no voy a negarlo.  Fue tan ególatra y oportunista como cualquier político mexicano actual,  capaz de cambiar de partido y camiseta anticipando la dirección del viento. Era un grandísimo cabrón, de acuerdo, pero con la suficiente visión y capacidad de negociación para saber que la Independencia podía conseguirse con acuerdos políticos y no con revueltas populares. Al final, como a tantos políticos mexicanos, le ganó el ego. Quiso que el gran día de la Independencia coincidiera con su cumpleaños y por ello retrasó la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México hasta el 27 de septiembre. Tampoco resistió la tentación de desviar la trayectoria del desfile para ir hasta el balcón de su amada Güera Rodríguez para entregarle una flor.

Era el gran líder  de un reino que llegaba desde las Montañas Rocallosas en Colorado hasta Costa Rica. Una descomunal nación embrionaria que no sabía caminar por sí misma.  Se dejó seducir por el adulador canto de las sirenas y se hizo coronar emperador y cuando su improvisado y fallido congreso empezó a resultar incómodo, simplemente lo suprimió y se convirtió en monarca absoluto. Fue su suicidio. Apenas diez meses duró su efímero imperio.

Se fue exiliado a Livorno y Bath pero nuevamente  las adulaciones sedujeron sus oídos y decidió embarcarse de regreso al país sin saber que el Congreso lo había declarado traidor a la patria y lo había condenado a muerte en ausencia. Imaginó que al desembarcar en México lo aclamaría una multitud enfebrecida, pero se encontró con una desierta playa tamaulipeca en donde de inmediato fue aprehendido sin oponer resistencia. Dicen que lo reconocieron por la forma de cabalgar. Dado que el Congreso ya lo había condenado, la sentencia fatal se ejecutó sin demoras. Agustín de Iturbide fue fusilado el 19 de julio de 1824 en Padilla, Tamaulipas. Ocho años después, Manuel Mier y Terán, el ministro de guerra que firmó su sentencia de muerte, se suicidó frente a la tumba de Agustín enterrándose una espada en el vientre. Hoy, la tumba y el paredón donde cayó el malogrado emperador mexicano yacen bajo el agua de una presa