Eterno Retorno

Friday, October 24, 2003

Viejo periodismo y periodismo ejecutivo

El periodismo de vieja escuela me deprime. El estilo ejecutivo me encabrona- ¿No existe una tercera opción?
Los periodistas de vieja escuela tienen la culpa de que este oficio esté tan devaluado, pero los periodistas ejecutivos tienen un pequeñito problema: ni siquiera tienen alma de periodista, pues son ante todo empresarios.
Los periodistas de vieja escuela son entes rascuaches con delirios de grandeza que funcionan como rémoras carroñeras de los políticos.
Los periodistas ejecutivos son solemnes tecnócratas globalifílicos con delirios de mojigato neo con-servadurismo.

Aquí va una descripción muy genérica de estos dos modos de hacer periodismo- Debo confesar que yo me formé dentro de la catedral del periodismo ejecutivo, cuyo domicilio está en Washington y Zaragoza, pero basta salir un poco a la calle a un evento político para ver a los fósiles vivientes de la vieja escuela- Leyendo las aventuras de Saúl Faundez, reitero que uno tiene que tener aunque sea un poquito de viejo periodista, mínimo la sagacidad, el olfato y el cinismo- Pero si te da por ser un viejo periodista por toda la eternidad acabas transformado en un zopilote de siniestros ministerios y mal olientes cloacas policiales. En fin, ahí va mi descripción. Nada personal, conste-

El viejo periodismo- A los periodistas de vieja escuela los delata su desparpajo. Suelen vestir mal y oler peor. Los desayunos de grupos políticos son su paraíso y es el universo en el que se mueven como peces en el agua. Consideran que la nota de primera plana debe ser siempre la declaración de un político. Los viejos periodistas jamás pagarán un desayuno o una comida de su bolsa, pues consideran que para eso están los políticos. Su siempre magra y jodida cartera solo se abre en la madrugada, cuando ya están demasiado pedos para que les duela el codo. En Tijuana los viejos periodistas conducen, irremediablemente y por designio divino, un carro chocolate con placas de California. Sue-len poner en un lugar muy visible algún viejo gafete o una credencial que los identifique como prensa con la que se sienten con derecho a estacionarse en cualquier parte e infringir cualquier norma de tránsito. Les gusta coleccionar acreditaciones de giras presidenciales y elecciones de hace más de 10 años. La regla de oro de su escuela es que el ultra miserable sueldo que reciben en los viejos periódicos para los que trabajan, se compensa con chayotes, regalos y aportaciones diversas de parte de funcionarios de baja ralea y comandantillos corrientes. Por supuesto y también por regla general, los viejos periodistas siempre tienen entre la segunda división de la política uno o varios clientes a los que les hacen chambitas, llámese boletines, fotografías o siembra de grillas diversas. Son por naturaleza marchantes rastreros de publicidad barata y casi todos sueñan con experimentar, al menos alguna vez en la vida, con un pasquín chayotero que a lo máximo llegará a los tres ejemplares de vida. Los viejos periodistas fuman como chacuacos y beben alcohol barato. Casi siempre son mujeriegos, aunque suelen enamorarse de esperpentos y caen seducidos por marranas de calendario. Pese a que se han pasado la existencia con una vieja cámara al hombro, jamás les ha pasado por la cabeza tomar una foto creativa. En sus noches de nostalgia, los viejos periodistas suelen añorar las vacas gordas del idilio priista. Gregarios por naturaleza, les gusta crear asociaciones y decir que pertenecen a un gremio. Por regla general pronuncian aiga y cercas. Sus días más felices son las pedas y posadas invitadas por funcionarios y candidatos. Lo más triste de todo es que los pobrecitos se sienten importantes y creen que en verdad son el cuarto poder, aunque no ejerzan el poder ni en su cuarto (muchos viven arrimados con sus suegras por cierto). Por si fuera poco, tengo la ligera sospecha de que algunos viejos periodistas tienen piojos deambulando en sus despeinadas cabelleras, siempre tan rebosantes de cebo.



El estilo ejecutivo- A los periodistas de estilo ejecutivo los delata su corbata, inseparable compañera que permanece a su lado cual soga atada al cuello o eterno grillete que certifica su perpetua esclavitud.
Los eventos empresariales son su territorio natural y en el se desenvuelven con soltura y propiedad.
Los periodistas ejecutivos sienten un respeto sacramental por las cifras, los porcentajes y las gráficas, ante las que se arrodillan como Moises ante las tablas divinas. Odian los sustantivos abstractos pero caen seducidos ante los números concretos y las encuestas, si bien jamás cuestionan su origen. Suelen creer en los pronósticos macroeconómicos y consideran que dichos indicadores porcentuales definen el desarrollo o atraso social de un país. Los periodistas ejecutivos prefieren las oficinas a la calle. Son serios, un tanto parcos, poco expresivos y sufren horrores para hablar en público. Consideran que los periódicos gringos y El Norte de Monterrey son el non plus ultra del periodismo universal. Los periodistas ejecutivos jamás han leído una obra literaria en sus vidas y sienten un innegable desprecio por las secciones culturales de sus propios periódicos, a las que consideran males necesarios. Para ellos las juntas gerenciales tienen un carácter litúrgico y aman aquellas en las que se presentan gráficas y esquemas en sistema Power Point. Los periodistas ejecutivos, todos sin excepción, votaron por Fox el 2 de julio de 2000 y aunque están un poco decepcionados, los muy ilusos todavía creen que es cuestión de quitarle el freno al cambio. Abominan del pasado priista y disfrutan haciendo leña del árbol caído tricolor, olvidando que en 1990 estaban enamorados de Salinas de Gortari y hasta pidieron su reelección. Los periodistas ejecutivos son católicos practicantes y aman ir de viaje a Estados Unidos. Defienden la reforma fiscal y laboral. Les gusta golpear a los políticos, pero jamás tocarán ni con el pétalo de la rosa a un empresario. Itesm, Cemex, Wall Street Journal son algunos de los nombres sagrados que nunca deben cuestionarse. Hasta ahora, que yo sepa, ningún periodista ejecutivo ha sacado un reportaje cuestionando la absoluta inutilidad de ese artefacto llamado corbata.