1- Todos los que escribimos vampirizamos y chupamos sangre e inspiración de textos y autores que admiramos o nos movieron alguna fibra. A menudo tus primeros escritos son una malísima copia de unos cuantos tótems que marcaron tu sendero lector. Nosotros no inventamos el lenguaje y tan solo tomamos prestadas las palabras para jugar con ellas. En ese sentido ningún texto es absolutamente nuestro. Le debemos mucho a nuestras lecturas, a dos tres colegas fieles que alguna vez nos tallerearon, a la riqueza de las voces de la calle y a algunos personajes fascinantes e improbables que nos inspiraron. De acuerdo: tú y yo somos unos viles imitadores, pero al menos tenemos la decencia de apelar a la divina imperfección de nuestro tejido neuronal y no a una puta máquina.
2- La inteligencia artificial tampoco inventó nada. Es (en todo caso) la vampira total y omnipotente que se ha dedicado a chupar sangre de toda la información humana que ha dejado huella. Al utilizarla estás succionando de varios millones de cuellos, pero mientras lo haces, le estás negando a tus maltrechas neuronas el divino placer de equivocarse y romperse la madre bien y bonito intentando pergeñar una criatura escritural que tenga sentido y le mueva alguna fibra a un ser humano como tú.
3- La escritura creativa es un fin en sí mismo. Es viaje y también destino. Puedes encontrar algo muy parecido al éxtasis y a la plenitud mientras sufres embarrando tinta o tundiendo tecla de la misma forma que subir una montaña o correr diez kilómetros tiene sentido solo por el sudor y el cansancio, no por la meta o la cima.
4- No sé si quepa esta analogía, pero lo que Sócrates sentía hacia la escritura hace dos milenios y medio se parece mucho a lo que hoy sentimos nosotros ante la irrupción de la pendejencia artificial. Sócrates detestaba la escritura y la llamaba fármaco de la memoria. Consideraba aberrante y antinatural la condición estática de un texto y su incapacidad de responder preguntas, adaptar el tono de la conversación o defenderse de una mala interpretación. Para Sócrates el conocimiento solo tenía sentido si surgía de la espontánea conversación cara a cara y el cuestionamiento mutuo. Tampoco es que le faltara razón. La literatura y la filosofía son anteriores a la palabra escrita. El Gilgamesh, la Ilíada, el Popol Vuh nacieron orales. También he conocido extraordinarios narradores espontáneos o involuntarios poetas que nunca ni por casualidad intentaron parir un párrafo con pretensiones literarias. Creo que esos son los mejores o al menos los más pinches honestos.
5- No sé cuál será el futuro de los concursos literarios. Hace poco, Carolina y yo llegamos a la conclusión de que tal vez tengamos que volver a los esgrimas verbales del Siglo de Oro, Góngora contra Quevedo enfrentándose en duelos de versos. A lo mejor los certámenes de cuento o poesía deberán ser como las batallas de rap y los creadores tendrán que enfrentarse cara a cara a ver quién es más capaz de componerlas en el aire. Recuerdo algunos ejercicios de talleres de escritura en donde te daban una palabra o una imagen y te pedían que improvisaras ahí mismo un relato basado en ella. Creo que esos van a ser los únicos premios literarios absolutamente confiables y sin sombra de duda, con todos los concursantes encerrados en un salón sin teléfono ni computadora, armados de una pluma, un cuaderno y la fuerza de su imaginación. ¿Cómo la ven colegas? Si me cantan el tiro yo sí le paso a lo barrido y le entro a los chingazos.
6- Hoy Almadía ha concluido que confía plenamente en la honestidad de David Silva Rojas y en su condición de auténtico creador de la novela Donde el agua trabaja. Bien por ellos al envolverse en su bandera contra toda evidencia y defender a su autor. Me gusta que una editorial se muera en la raya por su gente. Aquí yo no soy juez ni me interesa serlo. Igual no estaba en mis planes leer la novela. Les juro que tengo mejores lecturas en fila para perder el tiempo en ñoñería woke. Si el peruano fue honesto y no recurrió al robot, entonces pasará a la historia como el segundo mártir de la cacería de brujas algorítmicas (el primero fue el haitiano del Goncourt). Pero si acaso David está mintiendo, qué puta y jodida vergüenza, qué deshonor y cuánta miseria humana por pinches 20 mil euros. En tu conciencia queda peruano. Te llevarás el secreto a la tumba. Igual mi buen, con o sin IA, no creo que vaya a leerte nunca. Pintas para estar de huevísima. No me interesas.
7- Lo siento si no soy indiferente a este tema, pero en algún momento de mi vida, en la década pasada, fui un gallero que peleaba sus gallos en palenques escriturales y los certámenes literarios fueron esencialmente mi modus vivendi. Ojo, tampoco crean que me voy con la finta y me la creo. He sido juez en más de 20 concursos y sé de sobra que casi cualquier triunfo es un vil chiripazo. Yo gané unos cuantos de la misma forma que hay iluminados borrachos capaces de meter todas las bolas del billar en una noche afortunada, pero al menos mis chiripas fueron resultado de mi caos neuronal y no del algoritmo de un puto robot.
8- El carro que manejo desde hace diez años lo compramos de manera íntegra con el monto de un premio ganado (el José Revueltas para ser más específicos). La hipoteca de nuestra casa la liquidamos (en buena parte) con unos cuantos premios acumulados, así que algo le debo a estos pinches palenques letrados. Fui un borracho con suerte, pero al menos gané valiéndome únicamente de la locura parida por mi masa encefálica y no por el dictado de un algoritmo.