Gracias Parque Morelos, pero prefiero la Revu
1-
Se vale probar, se vale
arriesgar e intentar cambiar el chip con una nueva ubicación, pero después de
una semana yo les pregunto colegas: ¿les gustó la Feria del Libro en el Parque
Morelos? ¿Creen que en verdad llegó a otro tipo de públicos o sectores de la
ciudad? ¿La ubicación está marcando una diferencia positiva?
2-
No es mi deseo
criticar ni desacreditar a priori hasta no tener los resultados y la bitácora final
de asistentes y ventas, pero desde un punto de vista ultra subjetivo y personalísimo
mi conclusión es contundente: nunca más en el Morelos. Absolutamente anticlimático
3-
A mí me habría
encantado que la sede de la Feria del Libro de Tijuana volviera a ser la Avenida
Revolución en su nuevo espacio peatonal enfrente del Caesars. Ese era el lugar
indicado, donde late el corazón de la ciudad. La Revu debería ser su sede
natural y hacer las presentaciones en el Jai Alai o en el nuevo foro que está a
un lado del Café Praga. Esa es la jugada ganadora.
4-
Insisto, hablo
desde mis circunstancias personales. Mi vida diaria transcurre en Rosarito o en
Playas. Con cronómetro en mano puedo decirles que llego más rápido de la puerta
de nuestra casa a la entrada del hotel Coral y Marina en Ensenada que al Parque
Morelos en un día de tráfico (que son tooodooos los días en Tijuana). Llegar al
Morelos e irte de ahí cuando cae la noche es un puto vía crucis vial. Una zona
de avenidas absolutamente hostiles y antipeatonales.
5-
Acudo fielmente a
la Feria del Libro de Tijuana desde 1999 y en 27 años no he perdido ninguna.
Esta y la pasada en el Museo del Trompo pasarán a la historia como las que
menos visité. En esta ocasión solamente fui el primer sábado para acompañar a
Pascual Meza y el jueves para acompañar al doctor Homero Fuentes.
6-
La oferta libresca obviamente
limitada, pero un buen cazador siempre encuentra sorpresas. Mis compras se limitaron
a dos puestos, los dos únicos capaces de sorprenderme con rarezas: Ágora y
Under City. No pepené ni un libro nuevo. Puras divinas antiguallas.
7-
El colega de Under
City, de estirpe puramente chilanga con su respectiva camiseta del Cruz Azul,
tenía varias joyas. Por ejemplo, unas obras de Lord Byron en francés editadas
en 1822. Más de la mitad de los libros que ofrecía este colega, emergían de la
biblioteca personal de la pintora regia Martha Chapa, aquella artista fresona
que pintaba manzanas. No sé si remató o regaló su biblioteca, pero el caso es
que vi decenas o cientos de libros debidamente inventariados con código de
barras y número de serie. Cuatro de los libros que pepené pertenecieron a la
creadora de manzanas.
8-
No soy un buscador
de novedades. De hecho, dos de los libros que pepené ya los tenía desde hace
mucho. Vaya, desde hace décadas poseo El Libro de Arena de Borges dentro de las
Obras completas, pero no pude resistirme al ejemplar individual en la edición
argentina de Emecé. También poseo (y atesoro) la poesía de José Gorostiza en la
edición de pasta dura del Fondo de Cultura, pero no pude resistirme a una edición
del Colegio de México bellamente ilustrada por Emiliano Gironella. Además de un
Dostoievski y un volumen de Novela de la Revolución en Aguilar, agarré una sui
generis Historia de los grandes burdeles del mundo de Emmett Murphy,
Mefistófeles y el Andrógino de Mircea Elliade, Antología del humor negro de
André Breton, Diccionario privado de Jorge Luis Borges, con selección de
Matamoro y Textos recobrados (1919-1929) también del buen Georgie. Como verán
colegas, yo estoy clavado en mi pinche tecla.
9-
En fin colegas, aún
le queda un fin de semana a la Feria del Libro de Tijuana. Vayan y apóyenla si
pueden y si hay una mayoría que se siente cómoda en el Parque Morelos, pues déjenla
ahí, aunque mi deseo y mi voto es a favor de mudarla a la Revu en 2027. Gracias
por leer.


