Sin escalas hasta el final de la noche y más allá
Hace diez días, en la mañana dominical de los Idus de Marzo, Rael Salvador me escribió como hacía siempre que brotaba un nuevo ejemplar de Palabra. En los últimos doce años, la regla no escrita es que cada que salía un número del suplemento cultural al que cuidó y mantuvo vivo con tanto esmero, él me enviaba el archivo. En esta ocasión la portada estaba dedicada el cineasta húngaro Bela Tarr. Sin importar las circunstancias y ajeno a cualquier angustia por bonos de popularidad, Rael se la jugó siempre por la alta cultura. Palabra fue el suplemento bajacaliforniano que dio cabida a expresiones artísticas más complejas además de reunir una variopinta y sofisticada legión de colaboradores (Federico Campbell entre ellos). Desde 2014 a la fecha le envié periódicamente mi colaboración, a la que bauticé como Aleatoriedades. Obviamente me tocó coincidir con él no pocas veces en charlas y mesas redondas. Rael era un intelectual de otro tiempo, de la estirpe, vocación y estilo de un filósofo existencialista de los sesenta, una suerte de Sartre perdido en la Cenicienta del Pacífico. Derrochaba esencia de vieja escuela. Su estilo no era complaciente y sus convicciones no eran negociables. Caminaba por el sendero de la izquierda más tradicional, pero hizo de Palabra un suplemento plural en donde cabían todas las ideologías. Sé que amaba profundamente la obra de Eduardo Galeano (al que alguna vez entrevistó) y aún así me publicó un texto satírico sobre el uruguayo. Adoraba a Facundo Cabral (a quien también entrevistó) y su desafiante poesía navegaba en un cementerio marino entre las oscuras ínsulas de Breton, Jim Morrison y Rimbaud. Escribió hasta el último día su columna El último lector y es de los pocos colegas de quien puedo decir que se murió con la suya, abrazado a su bandera y su trinchera. Hoy, como el Rey Lagarto, tomó la autopista hacia el final de la noche.

