Eterno Retorno

Friday, August 28, 2026

Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó del corredor industrial en Otay


 

Facto editorial del día: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Japón se apropió de la mesa de literatura juvenil. La sección que hace década y media yacía colonizada por crepusculares vampiritos adolescentes, hoy pertenece a los gatos nipones y eso me pone contento. Vaya, corríjanme si me equivoco, pero creo que nunca antes se habían traducido tantísimos autores japoneses al español, pero la paradoja es que los encuentras en las mesas dedicados a la chaviza.

Aunque siempre ha existido el concepto de “literatura juvenil”, no siempre ha habido en las librerías una sección dedicada a la morriza. Vaya, cuando yo laburaba en Librería Castillo en los primeros noventa, no había ni remotamente una sección de la tienda dedicada a los jóvenes. En los tiempos de nuestros padres (y también en mis tiempos, pues la neta ya estoy bastante carca), lo que te vendían literatura juvenil era Sandokán o El Corsario Negro de Salgari, La Isla del Tesoro o Robin Hood. De ahí brincabas a Herman Hesse. Demian y el Estepario lobito fueron mi educación sentimental cuando era un quinceañero. Entrando a este milenio, las Gandhi empezaron a crear ínsulas exclusivas para jovenazos o para niñ0s. Acaso el mayor tsunami de literatura juvenil irrumpió a raíz de Crepúsculo. En 2009 todos los emos tenían un romance vampírico. Sin embargo, lo que hoy entendemos por literatura juvenil proviene en su mayoría del kanji.

Todavía hasta los noventa, la poquísima literatura japonesa disponible en México se limitaba a Mishima en Alianza, Kawabata en Emecé, algo de Kenzaburo Oé en Anagrama y algunos cuentos de Akutagawa editados por la UNAM. En los 90 Tusquets puso de moda a Banana Yoshimoto pero entrando los 2 mil llegó Murakami a desbancarla como el nipón estrella de la editorial. Eso era la literatura japonesa en México y solo unos cuantos eruditos como Aurelio Asiain o raritos excéntricos como Mario Bellatin navegaban con la bandera de expertos en libros surgidos por los rumbos del Sol Naciente. Hoy la literatura japonesa simplemente me desbordó. Veo la sección de literatura asiática en Gandhi y no me queda más que confesar mi radical ignorancia. A mayoría de los que exponen ni siquiera los he oído mentar.  Por una parte tienes muchísima cozy fantasy con títulos como, Antes de que se enfríe el café de Toshikazu Kawaguchi o Te receto un gato de Syou Ishida, pero por otra parte te encuentras con que un existencialista de los años 40 como Ozamu Dazai es furor entre los jóvenes, mientras que Hiromi Kawakami parece haberse quedado con el trono femenino que alguna vez perteneció a Yoshimoto. Pero además, hoy tenemos un sello como Satori Ediciones que presume un catálogo de más de 200 obras exclusivamente de nipones. Si a ello le sumas la ola feminista coreana surgida a partir del Nobel a Han Kang, la única conclusión es que Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó del corredor industrial en Otay y eso, en cualquier caso, es una excelente noticia.

Wednesday, August 26, 2026

Me dan ñáñaras, cringe o algo así ver a Borges en Alfaguara



 

Facto editorial del día: me dan ñáñaras, cringe o algo así ver a Borges en Alfaguara. Nomás no me late. No tengo nada en contra de la editorial, pero visualmente nunca me ha gustado gran cosa. Vaya, no son libros para nada lucidores, aunque muy de vez en cuando se avientan una portada curada (El ejército ciego de Toscana es lo mejorcito que han hecho en siglos). Cierto, en Alfaguara he leído algunas novelas descomunales (La fiesta del Chivo o El vendedor del silencio, por mencionar solo un par) pero no son libros para lucir pimpollos en tu librero.  Digamos que si salió en Alfaguara, mejor pepénalo en Kindle. A Bolaño, por ejemplo,  le partieron su mandarina en gajos (aunque la neta no es que me importe gran cosa lo que pase con el sobrevaloradísimo Bolañito, como sí me importa lo que suceda con Georgie). En fin colegas, el caso es que no me gusta Alfaguara. Si de todas formas se lo iba a jambar el voraz pingüino insaciable ¿por qué mejor no lo pusieron en Literatura Random House? Ahora que si fuera carta a Santa Clós, yo habría pedido que Georgie se fuera a Acantilado. ¿Se imaginan lo pimpollísimo que luciría con el logo del clavadista rojo adornando su dorsal? Iría presto y sin demora a pepenarlas. Así son mis clavazones y mis compulsividades en aquellos vicios que no controlo.

Ahora que si fuera carta a Santa Clós, yo habría pedido que Georgie se fuera a Acantilado. ¿Se imaginan lo pimpollísimo que luciría con el logo del clavadista rojo adornando su dorsal? Iría presto y sin demora a pepenarlas. Así son mis clavazones y mis compulsividades en aquellos vicios que no controlo.

Tuesday, August 25, 2026

Charly salta nueve pisos y cae en una copa de vino

 


En la zona profunda de mi tejido neuronal yace una rockola en donde se toca música de Charly García. Le das “play” y los cheneques del subconsciente empiezan a tararear de memoria estrofa por estrofa. Rolitas que a estas alturas son oraciones, salmos paganos de un adolescente náufrago. Charly García es la expresión musical no metalera que más terca y profundamente ha influido en mi vida. En la tabla de mis filias sónicas ocupa un solitario altar aparte. Lo descubrí (como casi todo México) en la era de la fiebre del Rock en tu Idioma, allá por 1987-88. Sus dos rolas más comerciales - No me dejan salir y No voy en tren- sonaban en las fiestas de 15 años junto con Nada personal de Soda, la Muralla de los Enanitos y Cuando seas grande de Mateos. Para muchos adolescentes regios eso fue Charly y con eso se conformaron. Hasta que un día del verano de 1988, justo el día en que mi amigo Jordi Ferrer y yo fuimos a la central de autobuses a comprar los boletos de camión que nos llevarían a Chiapas, vi sobre avenida Colón una mesa de casetes en remate y entre ellos estaba el Yendo de la cama al living que compré en 12 mil viejos pesos. Cuando llegué a casa y lo escuché, me di cuenta que No me dejan salir era una engañosa superficie bailable y que Charly tenía una vena muchísimo más profunda y alucinada. Me alucinó No bombardeen Buenos Aires, Vos también estabas verde, Yo no quiero volverme tan loco. Aquello era harto diferente del típico popcito en español. De regreso del periplo chiapaneco, pasé por la Ciudad de México y en una tienda de Perisur pepené en un solo sablazo Piano Bar, Click modernos y el recién salido Parte de la religión. Así las cosas, ese cuarteto de discos se volvió parte de mi soundtrack existencial a los 14 años de edad. Poco después, entre los 15 y los 22 años, el Thrash, el Hard Core, el Grind, el Death y el Black Metal arrasaron con todo y acapararon la totalidad de mis neuronas. Durante años practiqué una suerte de intolerancia talibán hacia cualquier cosa que estuviera fuera de las fronteras del metal extremo (bueno, para qué me hago güey, la verdad es que sigo siendo un pinche intolerante) peeeero aún en lo más abrupto de mi tsunami metalero, Charly seguía estando ahí y jamás le perdí la pista. El último disco suyo que fue capaz de volarme la cabeza fue el Say no more,  que pepené en cd en mis tiempos de reportero de El Norte (fue el primer álbum de Charly que tuve disco compacto). Ya viviendo en Tijuana, me di a la tarea de practicar arqueología charlyana y en la Ciruela Eléctrica fui pepenando obras de Sui Generis, Serú Girán y La Máquina de Hacer Pájaros, sin dejar de adquirir las novedades que cada cierto tiempo seguía arrojando el cada vez más desquiciado García (creo que Rock and Roll Yo ha sido lo mejorcito en lo que va del nuevo milenio, o al menos el que más me ha alucinado). Charly es un gusto que comparto con Carol, así que su música ha sido omnipresente en nuestra casa. Están por cumplirse 40 años de la primera vez que escuché a Charly y mi rockola neuronal sigue clavadísima en la tecla. El pasado domingo, las sofisticadas bocinas de nuestro amigo Pedro Beas arrojaron sobre nosotros el piano envolvente de Los Dinosaurios y la noche se inflamó de nostalgia mientras arrojábamos al vino a un pequeño Charly de cartón inmortalizado en su mendocino salto de nueve pisos.

Monday, August 24, 2026

La noche se inmolaba en el altar de sacrificios del primer destello de nublada luz


 

En cámara lenta los vi caer a bordo del vochito amarillo en la abismal hendidura del taller mecánico. Yo, convenenciero espectador, aguardaba tan solo a que entre reversas, giros y malabares en H con la palanca de velocidades libraran el pozo y me dieran aventón. El vochito quedaba suspendido de trompa segundo y medio antes de caer al vacío con sus tripulantes. Había soberano chingazo y sangre pero no fatalidad. Al final me quedé sin raite. Después apareció UDO, con su  camiseta de conscripto y su silueta de mastodonte. UDO, a quien yo intentaba dibujar en un cuaderno escolar como una bola deforme con ojos vacíos, una circunferencia malograda en donde el pelo ralo irrumpía en puntas. El botín del final de la noche fue un deshojado poemario de Pessoa pepenado en alguna librería ordinaria como Cristal o Libro Club. La única certidumbre es que no era El Día. Una silueta pessoal en blanco y negro en la portada, un título que he olvidado (podría ser, peor no era, El Libro del Desasosiego). En algún momento creía ver un 1975 como año de edición (demasiado reciente para ser vendido como reliquia) y luego un 1873 encriptado, pero en aquel año ni Pessoa ni sus heterónimos habían llegado al mundo. En alguna biblioteca descubría  el resto de los ejemplares de la colección, alguna enciclopedia de grandes de la poesía en donde irrumpían Machado y la españolada en pastas rojas. La noche se inmolaba en el altar de sacrificios del primer destello de nublada luz. Nunca las siete de la mañana  de noviembre vuelven a ser tan oscuras como en estos amaneceres.